
Quisiera responder a tu pregunta y decir, saltemos al vacío como dos bolsas de plástico que se lleva la brisa porteña, que tardan en caer y se mecen y planean como los helicópteros que buscan el aterrizaje desde lo alto. Quisiera comerme esa piel añeja que cuelga de tus dedos como una sortija amarga. Caminemos por el cerro Bellavista, bajemos al atardecer a los bares, comamos en la cama, como siempre, y deja comerte el pómulo febrilmente, mientras sonrío maldadosa, como la niña del algodón de azúcar que no le importan las caries, ni las colorías, ni la higiene, sino lo dulce y lo rosado. Yo no quiero un paracaidista temeroso, yo quiero el riesgo, yo quiero la confianza de morderte la oreja sin que mires tu costilla, mascada por antiguas carroñas. Yo estoy en duelo con mi cigarro entre los labios mirando tus palabras, desafiando esa botella vinagre que roe tu estómago. Yo soy aquí las piernas que tiritan y se ofrecen a tus dientes, máscame el rojo, valiente, como la lluvia que limpia el cemento, confía en mi labios, y en mi barbilla que tiembla para besarte.

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